El mundo se ha vuelto ingobernable. Estamos todos agarrados a un péndulo que no nos lleva a ninguna parte. Vivimos en sociedades intensamente politizadas, pero con escasa capacidad de organizar esa energía en partidos, sindicatos y proyectos duraderos. Proliferan la indignación, las controversias y las movilizaciones, mientras se debilitan las estructuras que podrían convertirlas en poder colectivo. Es la hiperpolítica que describe Jäger, caracterizada por una politización que crece sobre el debilitamiento de las organizaciones y que, desde la crisis de 2008, encuentra cada vez menos cauces institucionales.
Rosanvallon ya advertía la separación entre legitimidad electoral y confianza ciudadana. Ambas coinciden excepcionalmente durante el breve "estado de gracia" posterior a una elección. Hoy, ese período parece acortarse todavía más. Las redes sociales favorecen la reacción inmediata, la búsqueda de atención y las movilizaciones fugaces, sin generar necesariamente vínculos capaces de sostener una acción colectiva. A esa fragilidad se suma la temporalidad del consumo digital. Acostumbrados a estímulos constantes y gratificaciones inmediatas, trasladamos a la democracia la impaciencia del scroll, nos cuesta tolerar la lentitud, la negociación y las respuestas imperfectas que exige gobernar. Es el problema que plantea Kanarek. La IA podría profundizarlo al habituarnos a respuestas instantáneas y complacientes.
Los tres diagnósticos permiten pensar un mismo problema. La intensidad de nuestras reacciones crece mientras disminuye nuestra disposición a sostener los compromisos y los tiempos necesarios para transformar la realidad. De esto no se sale, no hay forma de derrotar el signo de los tiempos. Solo es posible engañarlo, y para eso hace falta mucha inteligencia y creatividad.
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