En Europa, los referentes progresistas parecen competir por ver quién se aleja más de la «cultura woke». En lugar de criticar sus desviaciones y fundamentalismos, terminan dándole argumentos a la reacción «anti-woke», muchísimo más peligrosa que cualquier exceso wokista. Como si fuera imposible pensar al mismo tiempo la identidad y la comunidad, la parte y el todo.
Durante décadas abandonaron a los trabajadores, que terminaron buscando respuestas en la extrema derecha. Y ahora no se les ocurre nada mejor que esto. Se están pasando tres pueblos. Ahora sí.
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