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CARTA ABIERTA A CAMILO ESCALONA He leído en estos días mensajes de reconocimiento hacia usted, y también el suyo hacia el partido en el que milité casi veinte años. Empiezo sin mentir: no fui su amigo. Tampoco me alcanza la palabra adversario. Fuimos enemigos porque ambos estuvimos dispuestos a llegar muy lejos por el tipo de liderazgo que cada uno representaba. Le escribo ahora, en semanas difíciles para usted y para su familia. Quiero decirle algo que hoy casi nadie defiende en voz alta: usted es un animal político en el sentido aristotélico, y de los últimos. Vivimos tiempos en que esa condición se cambia por el brillo del empresario exitoso o por el trofeo del deportista, como si el asunto de todos fuera cosa menor. Usted comió y respiró el oficio. Caminó sobre él como sobre el único suelo firme que conoció, y le entregó lo que otros reservan para su casa: tiempo, familia, salud, biografía entera. No comparto sus valores, ni su moral, ni el modo en que trató sus convicciones, ni sus ideas. Uno y otro expresamos ya esas opiniones con todas las letras, y no viene al caso volver sobre ellas. Hoy me interesa poner por delante otra cuestión: usted jamás le dio la espalda a lo público. Nunca se replegó en lo propio, que es la tentación de la mayoría y hoy hasta sirve de plataforma. Sin afecto ni cercanía, es exactamente ahí donde me inclino. Veo todavía al adolescente que decidió que ése era el único camino capaz de cambiar la vida de otros y la suya propia. Los filósofos que admiro enseñaron que no hay tarea más noble en una comunidad, y que quienes la ejercen son a la vez los más despreciados y los peor comprendidos. Son ellos, sin embargo, los que preparan eso que llamamos mañana. La empresa vale, y la innovación tecnológica también, aunque quien se dedica a esto persigue una cosa distinta: la complejidad de avanzar con el máximo posible de gente hacia la prosperidad, bajo una fórmula antigua —la mayor felicidad para el mayor número—. Usted la hizo suya. Discrepo de cómo la entendió; no de la constancia con que la sostuvo. En esta actividad, el peor defecto es la cobardía. Usted no lo tuvo. Dio la cara cuando esconderla salía más barato, y la dio también frente a los suyos. Por eso, al dirigirme a usted, le hablo a una especie en retirada: la de quienes entendieron la militancia como destino y no como carrera. Hay además una hora en que las cuentas se hacen hacia adentro, sin tribuna ni adversarios, y sobrevive una sola pregunta: en qué se gastaron los años. Conozco a poca gente capaz de contestarla sin titubear. Usted puede hacerlo con una palabra, y la eligió muy temprano. Ojalá los suyos, que tantas veces tuvieron que compartirlo con el país, lo sepan hoy con toda claridad. Por último: aunque ninguno de los dos corregiría hoy una coma de lo dicho, ser enemigos jamás significó no comprender al otro, y prefiero decírselo ahora, con nombre y apellido. Con pasión y sin tregua. Con respeto por su pasión por la acción. Marco Enríquez-Ominami

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