El Ministerio de Cultura, que concebimos como un espacio para la paz, donde los colombianos podamos tramitar nuestras diferencias culturales, sociales y étnicas sin necesidad de asesinarnos, comienza a vivir un verdadero calvario.
Primero fue el nombramiento de su ministra, recordada en el Congreso por su vocabulario, quien presentó como “su programa” la recuperación de los valores en Colombia. Como si las más de 1.300 propuestas del Programa Nacional de Estímulos que fueron descartadas por falta de recursos y los gestores culturales detrás de esos proyectos creativos, no representaran también los valores del país.
Solo falta que el próximo paso sea fusionar el Ministerio de Cultura con el Ministerio de Defensa, para que terminen enlistados en las filas de la guerra, con casco y fusil incluidos, actores, bailarines, escritores, pintores, poetas, músicos, grupos étnicos, indígenas, afros y hasta clérigos y mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta, vecina del nuevo Palacio Presidencial de los cachacos en Barranquilla.
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