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No sé por qué, a esta altura de la vida, todavía me sorprende la maldad, la deshonestidad y la crueldad de alguna gente. Esa maldita manía de prejuzgar a los demás con buenos ojos. Y más me jode la pose de los virtuosos en público y perversos en privado, esos que dicen “espejo, espejo mío, ¿existe alguien más militante-de-derechos-humanos que yo?” y, después, son capaces de empujar a su propia mamá a las vías del tren. Me quedo con la maldad sincera y sin complejos de los malos de siempre.

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