Los dueños de vidas y haciendas no aceptaron que la izquierda ganase las elecciones en 1936; los señoritos que querían al pueblo analfabeto no toleraban que se llevaran libros y cuadernos para encender las luces de los humildes; los odiadores no soportaban que ese pueblo hambriento de cultura recibiera a La Barraca y su teatro, agradecidos porque, tan lejos, se acordaban de ellos. Hace 90 años vaciaron la vida de Federico los odiadores que conocemos. Su libertad les quitaba los disfraces y enunciaba, sin afeites, su fealdad. Pero a Lorca lo llevamos tan dentro que nos lo multiplicaron.
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