La creación de un enemigo: Abelardo con todo contra el wokismo
Columna 👇🏼
Sería útil una encuesta para saber cuántas personas conocen la palabra woke en Colombia. Probablemente sean pocas, aunque su difusión pudo aumentar tras la reciente alocución del presidente Abelardo De la Espriella, en la que anunció una lucha “abierta, total, decidida y patriótica contra el wokismo”. El mandatario calificó esta corriente cultural y política como un cáncer que amenaza la unidad nacional y corroe la sociedad colombiana. Además, advirtió que apartará de su gobierno a los funcionarios que se nieguen a participar en esa batalla o vacilen en hacerlo.
El origen de la palabra y del movimiento es lejano en el tiempo y en la geografía, nació en las comunidades negras de los Estados Unidos en la década del veinte del siglo pasado para invocar un estado de alerta frente al racismo, la discriminación y las injusticias sociales. Luego fue adoptado por grupos sociales más allá de los negros para defender la igualdad de género, los derechos de la comunidad LGBT y las políticas de diversidad, equidad e inclusión y vindicación social.
A Colombia la trae ahora el presidente De la Espriella para darle una connotación negativa y anunciar una batalla frontal contra quienes la utilizan como emblema, que según el mandatario son todas las fuerzas de oposición a su gobierno y, supone uno, todos los grupos que aceptan, respetan y promueven la diversidad sexual, étnica, social y cultural .
Ahora sabemos que a nombre de la lucha contra el wokismo se realizó la operación con la cual se retiró una variedad de obras y símbolos del Museo Nacional, se proscribió la figura de Carlos Pizarro León Gómez, se ordenó la suspensión del programa de estímulos al arte y la cultura y se ha desatado una campaña nacional para desterrar de las aulas el lenguaje inclusivo y limpiar el Instituto Caro y Cuervo de las influencias de escritores y cultores incomodos del lenguaje.
En política es vital un enemigo que cargue ciertas culpas o ciertas estigmatizaciones, un enemigo al cual se le puedan endosar males reales o imaginarios. Las FARC fueron claves en el ascenso político de Álvaro Uribe Vélez, no sin razón, habían golpeado de manera despiadada a sectores de la vida nacional y el secuestro se convirtió en el peor de los delitos. Las oligarquías han sido definitivas en el éxito político de Gustavo Petro y lo fueron también en la deslumbrante carrera periodística y literaria de Antonio Cabellero, sus culpas en la violencia y en la irritante desigualdad social del país son inexcusables.
Sobre ese enemigo se promueve o se exacerba el odio. Sobre él, como en el relato bíblico, se descargan todos los pecados, el sacrificio del chivo expiatorio se convierte en liberación, en definitiva redención. Abelardo de la Espriella corre ahora tras ese relato. No sé si le de resultado tamaña invención. No sé si aparezca de la noche a la mañana un movimiento que adopte el nombre woke en Colombia o la sociedad colombiana se meta en el cuento de rotular wokista a todo el que le declare la oposición a Abelardo De la Espriella y su gobierno. Es tan extraña la palabra, tan ajena el español, que no sé.
En todo caso, también es difícil, convertir en demonio al movimiento woke, que en Estados Unidos levantó banderas tan nobles y liberales como denostar la discriminación racial, proteger a los negros, liberar del estigma a los homosexuales, promover la diversidad sexual y la inclusión social.
Pero no hay duda, eso sí, de que Abelardo De la Espriella y sus asesores y sus ministros, atosigados con el discurso de Donald Trump, están buscando, a como de lugar, un enemigo que les dé aire para gobernar cuatro años. Por lo pronto han levantado un polvero con sus palabras y sus imágenes, con esa cosa tan extraña de llevar el Esmad a secundar la acción sobre el Museo Nacional.
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