Andrés Caicedo no necesita que lo salven.
Columa 👇
El nuevo director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, utilizó los canales oficiales para hacer una lectura de Andrés Caicedo en la que su rebeldía, su rechazo a las normas, sus adiciones y su muerte terminan girando alrededor de una idea: el peligro de convertir la autodestrucción en heroísmo. Vélez pide dejar de “aplaudir el abismo”.
Andrés Caicedo murió a los 25 años y, sin embargo, se niega a morir y también a envejecer. Tal vez porque escribió desde ese lugar donde la literatura deja de comportarse bien.
No escribió para tranquilizar a nadie. Jamás para convertirse, cincuenta años después, en una lección de buena conducta.
Reducir toda esa complejidad a una moraleja sobre los peligros de la rebeldía es hacer precisamente aquello contra lo que la buena literatura se levanta:
cerrar una pregunta demasiado pronto.
Pero la discusión de fondo no es si Sergio Esteban Vélez tiene derecho a pensar así. Por supuesto que lo tiene. El problema comienza cuando la opinión del director empieza a confundirse con la voz de la institución.
Porque, precisamente, la grandeza del Caro y Cuervo consiste en lo contrario: investigar antes que sentenciar. Hay que preguntar antes que aleccionar.
El Caro y Cuervo no es una cuenta personal de redes sociales ni una oficina de comunicaciones del gobierno de turno. Es una institución construida durante generaciones. Una institución de esa naturaleza no debería decirnos cómo leer a Andrés Caicedo. Debería darnos las herramientas para discutirlo, contradecirlo, investigarlo y volver a leerlo.
Hay, además, una paradoja. Quienes dicen combatir la ideologización deberían ser los primeros interesados en preservar la pluralidad. Porque una institución no se desideologiza cambiándole de ideología. Si durante años existieron sesgos académicos, se corrigen con más rigor. Si algunas perspectivas dominaron la conversación, se responde con más voces.
Los gobiernos pasan. Los ministros pasan. Los directores pasan. Las instituciones permanecen.
Andrés Caicedo no necesita que lo salvemos de sus excesos, de sus contradicciones ni de sí mismo. Tampoco necesita que lo convirtamos en héroe.
Su literatura cumple cincuenta años haciendo algo mucho más interesante: obligándonos a discutir. Caicedo no necesita que le digamos a los colombianos cómo leerlo. Necesitamos que el Caro y Cuervo siga siendo ese lugar extraordinario donde nadie tenga el poder de decidir cuál es la única lectura posible.
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