Con la muerte de Habermas nos vemos obligados a pensar, sin nostalgia pero con preocupación, en nuestro "mundo de ayer". El primer tomo de su Teoría de la acción comunicativa es una discusión con Talcott Parsons (el "descubridor" de Weber al traducirlo al inglés). ¿Leerán las nuevas generaciones a Parsons? Conocí a Habermas en Frankfurt, cuando me fui desde Heidelberg a conocer a quien veíamos como un dios. Poder hablar con el heredero de la Escuela de Franfurt era, igual que hablar con Claus Offe, conectar con el pensamiento más profundo de Alemania (Kant, Hegel, Marx, Adorno, Horkheimer, Marcuse, Benjamin...). Yo era un simple estudiante español de doctorado y, sin embargo, fue enormemente amable. En todo lo que estudié desde entonces, Habermas ha sido una referencia obligatoria. También para entender su desesperación porque sus hipótesis no se cumplían. Años después, con motivo de la concesión al filósofo alemán del premio Príncipe Asturias, José Antonio Gimbernat nos invitó a una decena de personas a un seminario en Madrid con Habermas. La Unión Europea estaba dejando de ser lo que él -igual que pensaba Hegel del Estado-, había entendido como "la máxima eticidad". En aquel seminario no quiso discutir sobre la decadencia de Europa.
Habermas, el gran vigía de la democracia alemana, que empezó en el marxismo y se fue enfriando, se marcha habiendo visto el genocidio en Gaza y la connivencia de Europa con esa masacre, se va cuando el canciller Merz quiere el "mayor ejército de Europa" y von der Layen da por muerto el "mundo basado en reglas". Con Habermas se marcha de nuevo el "mundo de ayer", casi un siglo después del de Zweig, y con la misma sensación de decadencia.
Un filósofo al que se agarraba la socialdemocracia para justificar su romance con el liberalismo y el neoliberalismo y su enamoramiento con el capitalismo. Habermas sabía que capitalismo y democracia son incompatibles, y por eso, sus fundamentos para una sociedad donde mande la racionalidad comunicativa y el conflicto desaparezca, es una ilusión a la que quería concretar en una lucha fáustica. Con contradicciones pero sin vender el alma al diablo.
Un pensador al que no puede sustituir la Inteligencia Artificial. Al que hay que leer despacio. Y que nos recuerda que tenemos pendiente recuperar lo mejor de la tradición universitaria, esa puesta al servicio de la profundización de la democracia.
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