Por Julio Cesar Londoño.
Las cuatro mujeres de Dios, de Guy Bechtel, es un clásico de la teología que estudia los cuatro estereotipos eclesiásticos de la mujer: «la puta, la bruja, la santa y la tonta». En suma, es una compilación de la milenaria (casi digo maricona) misoginia de la Iglesia católica.
Aquí solo glosaré el capítulo dos, «La puta», tomado este vocablo en la acepción eclesiástica, la mujer que copula con ganas y sin sacramento, o con sacramento pero sin fines reproductivos, «reservando el vocablo prostituta para las profesionales» puntualiza Bechtel.
La mujer es maldita desde el Génesis, cuando Eva incitó a Adán al pecado y, no contenta con esto, lo montó, algo imperdonable porque su lugar natural era debajo del hombre, el rey de la creación. «La mujer busca la postura dominante como una puta en un burdel, como la hembra lúbrica que siempre será», ironiza Bechtel. La reputación de la mujer se agravó cuando las hijas de Lot lo embriagaron y «lo conocieron».
La Iglesia tiembla no solo ante la puta sino ante el deseo en general, con todo lo relacionado con el cuerpo, ese lastre que nos impide volar al cielo. Aunque condena a las putas, la Iglesia tolera la prostitución como una válvula de escape. Tomás de Aquino decía que un pueblo sin burdeles era como un castillo sin letrinas.
En De conceptu mundi, el papa Inocencio III anotó que la cópula no se efectúa jamás sin irritación de la carne, fermentación del deseo y hediondez de la lujuria. (La precisión fisiológica –irritación, fermentación, hediondez– es un sello de la literatura patrística medieval).
La Iglesia bendijo el coito de los esposos sin fines de procreación apenas ayer, en el siglo XX, ojalá sin lujuria y en el canal correcto, sin aditamentos ni por caminos extraños, nunquam per ori ni per viam angostam: semper in vasis debitis et cum suis instrumentis (nunca por la boca ni por la vía angosta: siempre en los vasos legítimos y con los instrumentos propios).
La educación erótica estaba proscrita. La sabiduría recomendaba no despabilar a las mujeres en materia sexual. Incluso un genio tan liberal como Michael de Montaigne aconsejaba que no se las alebrestara con temas sensuales. «Ya saben demasiado por su natural impudicia. Demasiado despiertas son ya para nuestro menester». Siglo XVI, Essays I, XXX.
Como la ponía nerviosa el coito, ¿autorizaba la Iglesia algunas maniobras sucedáneas? ¡Faltaba más! La masturbación por mano propia o ajena, amorosa o mercenaria, era considerada tan pérfida como el coito. La Iglesia la censuró de manera tajante basándose en que Aristóteles había dicho que el semen era gotas de cerebro (stagon enkephalou), quintaesencia de la materia gris, más divino que la sangre. Alberto Magno contaba el caso de un panadero adicto a la masturbación, cuya autopsia reveló un cerebro muy reducido. Monseñor Antonio María Claret, arzobispo de Cuba y confesor de Isabel II, comparaba el preciado líquido con los cartuchos de un soldado: «Sería un suicidio malgastarlos con los gorriones o en jueguitos frívolos antes de la batalla».
La felatio y la cunnilingus eran prácticas tan repugnantes al intelecto que los clérigos no creyeron necesario insistir en el asunto, pero Bechtel cita a un «penitencial florentino» (circa 1010) que les preguntaba a las señoras en el confesionario e incluso en las reuniones, y con la mayor naturalidad, si ellas estimulaban la pérdida del líquido venéreo de sus maridos: «¿Has bebido la simiente de tu marido para inflamar con ello su amor por ti?».
Las cuatro mujeres de Dios no es una cantaleta contra la misoginia. No está escrito con indignación sino con una sonrisa irónica. Sus vocablos tienen colores latinos, eclesiásticos y protocientíficos: meretriz, concupiscencia, bilis, humores, turgencia… y sus razonamientos mantienen un vaivén preciso entre la conjetura aguda y la fuerza bruta (el rigor, la vasta erudición)
Thread
Nenhum Voo ainda